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El año hidrológico termina con la agricultura puesta en jaque

La agricultura europea se ha enfrentado este año a uno de los escenarios más adversos posibles. A un invierno especialmente seco le ha seguido uno de los veranos con las temperaturas más altas que se recuerdan, una conjunción de sucesos que ha derivado en una sequía que mantiene a los embalses a un 35% de su capacidad en España. La gravedad de la situación ha provocado desde que muchos países se hayan visto obligados a poner en marcha restricciones en el uso del agua a que la agricultura se encuentre en una posición altamente delicada, con producciones ya dadas por perdidas o cultivos directamente arrancados por daños irreversibles, y con las consecuentes pérdidas económicas para los agricultores. 

La realidad actual a la que se enfrenta ahora el sector debe llevar a pensar en la necesidad de transformar el modelo agrario a uno alineado con prácticas que ayuden a servirse de los servicios ecosistémicos para intentar sortear esta situación. Modelos de agricultura como el de Olivares Vivos han demostrado que se pueden dar soluciones eficaces que ayudan a aprovechar más el agua, al reducir la evapotranspiración o incrementar la cantidad que se infiltra y acumula en el suelo, debido al buen manejo de la cubierta herbácea. Una práctica que, teniendo en cuenta la evolución del cambio climático, se hace cada vez más necesaria en los campos. 

El estrés hídrico y sus consecuencias 

Con el año hidrológico próximo a finalizar, España afronta uno de los periodos más secos de su historia reciente, habiendo descendido su agua embalsada a alrededor del 30% (el nivel más bajo desde 1995). De hecho, tales han sido los cambios provocados en el paisaje agrario por la sequía que la aridez de la tierra podía verse desde el espacio. 

Esta prolongada situación en la que se han conjugado la falta de lluvias, las altas temperaturas y, quizás no tan indirectamente, la sucesión de sobrecogedores incendios (en cuya extinción, en muchos casos, se usa agua de los embalses) está llevando al límite a los recursos hídricos de la península. Y, para tratar de poner freno a la pérdida vertiginosa de agua, muchas comunidades autónomas españolas han impuesto restricciones en su consumo, especialmente en Galicia, Cataluña y Andalucía. Entre estas limitaciones se cuentan el cierre de duchas en las playas, un tope en el consumo por habitante o la prohibición de llenar piscinas, lavar coches o regar.  

En concreto, Andalucía está siendo una de las regiones más afectadas, estando actualmente sus embalses a un 25% de su capacidad (el peor dato de toda España). Esto, lógicamente, repercute de forma directa en la agricultura, especialmente en los cultivos de regadío y, dentro de ellos, en los que mayores necesidades hídricas tienen. Los agricultores de cultivos tropicales, como aguacates y mangos, han tenido que sacrificar parte de sus árboles para salvar el resto, como ha ocurrido en la comarca de la Axarquía malagueña. Allí, algunos agricultores de aguacates han hecho podas severas y se prevé que pierdan cosechas durante dos años, hasta que los árboles vuelvan a su estado anterior. Eso en el mejor de los casos. 

Sin embargo, esta situación no sólo no está haciendo que se reconsidere el camino que lleva la agricultura, sino que parece que la irrigación es la única solución existente: los cultivos de regadío siguen en auge. Según recoge el Atlas de la PAC, proyecto conjunto de Heinrich-Böll-Stiftung y SEO/BirdLife, para la coalición Por Otra PAC, desde que España entró en la Unión Europea (UE) “la superficie de secano ha descendido un 23% por menor productividad en áreas mediterráneas y el menor apoyo de la Política Agraria Común (PAC). Se han abandonado 4 millones de hectáreas de secano, algunas de gran valor ambiental, y han aumentado los regadíos en 700.000 nuevas hectáreas”. 

Una agricultura basada sólo en la producción que desprecia otros valores que está provocando que la presión sobre los recursos hídricos sea excesivamente elevada y escasamente sostenible, máxime en periodos de sequía como el actual. No hay que olvidar que el mayor consumo de agua en este país procede del sector agrario (el 70% del total del agua se dedica a regar campos) y que ésta es cada vez es más escasa. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el volumen de agua de riego usado por las explotaciones agrarias fue de 15.495 hectómetros cúbicos en 2018 (últimos datos disponibles), un 3,7% más respecto a la anterior encuesta (2016). 

El aumento de los cultivos de regadío en un escenario de sequía queda, además, ensombrecido por la instalación ilegal de sistemas de riego que, en muchas ocasiones, tienen desastrosas consecuencias sobre el medio ambiente. Así, de hecho, se ha comprobado recientemente en un espacio de tanto valor ambiental como Doñana. El alto estrés hídrico al que han estado sometidos sus acuíferos ha provocado que se seque la laguna de Santa Olalla, la más grande del Parque Nacional. Con la desaparición de esta laguna, ya no queda ninguna de carácter permanente y, con ello, ha surgido una grave amenaza para la flora y la fauna  de Doñana, mucha de ella estrictamente acuática.  

 

Olivar: la producción y el empleo, en riesgo 

Aunque el olivar es un cultivo tradicionalmente de secano, desde hace algunas décadas muchas fincas tienen sistemas de riego para apoyar a la producción. Un modo de manejo que ha aumentado muchísimo en los últimos años, habiendo ya más olivar en regadío que en secano en la provincia de Jaén, por ejemplo. Todo debido a la visión productivista que tiene la mayor parte del sector, la misma que ha guiado y aún sigue guiando en buena medida las políticas agrarias y, también hay que señalarlo, a la decisión de compra de los consumidores.  

Esta situación ha provocado que, dadas las condiciones climatológicas y las restricciones impuestas sobre el riego derivadas, se prevea una campaña desastrosa, tanto en secano como en regadío, incluso con esta gran superficie irrigada o quizás se pueda llegar a hablar que, en buena medida a consecuencia, dado que los árboles tienen menor tolerancia a la sequía, entre otros motivos por presentar un sistema radicular menos desarrollado. A poco más de un mes para que empiece la campaña de recogida, los olivicultores han de hacer frente a unas plantaciones que han sufrido en exceso esta primavera y verano, presentan frutos de pequeño tamaño, peso o arrugados y en los que la única solución que parece existir para la mayor parte de los agricultores es continuar profundizando en la intensificación agrícola, manteniendo suelos desnudos en los que el agua poco puede hacer para penetrar y donde el sol cae directamente, aumentando la temperatura e incrementando su evaporación. 

Aceitunas fotografiadas el 30 de agosto

La producción que corre más riesgo es la de aceituna de mesa, mucho más dependiente del agua que la aceituna de almazara, ya que requiere de un calibre y aspecto idóneo. Y, aunque parte de la cosecha podría salvarse si llueve en las próximas semanas, las esperanzas no son precisamente altas. De hecho, la aceituna de mesa en la provincia de Sevilla, principal productor, afronta su peor campaña desde hace 15 años.  

En lo que respecta al aceite de oliva, las previsiones apuntan a una caída de hasta el 50% en comparación con la anterior campaña si no se dan esas lluvias. Las consecuencias de esta situación pueden suponer consecuencias económicas a distintos niveles. La primera viene dada por la escasa cantidad de fruto, lo que lleva a la necesidad de una menor mano de obra para su recogida y, por tanto, a un mayor desempleo agrario. Esto puede ser especialmente grave en provincias como Jaén, la mayor productora de aceite del mundo y con una población que depende, en gran medida, de su trabajo en el sector oleícola. Y de esto también se deriva que, al haber menos oferta de aceite suban los precios, repercutiendo en lo que tienen que pagar los consumidores.  

David Méndez, en una imagen de Archivo

David Méndez, gerente de la finca Gascón, en Marchena, Sevilla, (donde producen el AOVE Pilares) y participante del proyecto LIFE Olivares Vivos y del LIFE Olivares Vivos+, es uno de los tantos agricultores afectados por la sequía. Aun con riego de apoyo, Méndez apunta: “Este año no vamos a subir de los 200.000 kilos de aceituna y, en un año normal, estamos en medio millón aproximadamente”. Esta reducción a la mitad en su producción afecta tanto a su aceituna destinada a mesa como a la de almazara, pues ya no solo está observando que muchos de sus frutos estén arrugados y no den el calibre para aceituna de mesa, sino que directamente hay muchas menos aceitunas.

Esta bajada en la producción se repite también en sus cultivos de espárragos y granadas, de las que dice que prácticamente no sacará nada. “Si sigue sin llover y continúa la sequía puede incluso verse afectada la producción del año que viene, porque el campo está ya muy mermado. Yo recuerdo años de sequías cuando era pequeño, pero tan duras como esta no las he pasado nunca”, confiesa. Eso sí, en el modelo Olivares Vivos encuentra un gran aliado frente a las épocas de agostamiento: la cubierta vegetal. Con ello logran que su suelo se mantenga protegido frente a la erosión y mantener una mayor acumulación de humedad. 

Modelos como el propuesto por Olivares Vivos permiten alternativas a los agricultores no sólo al mejorar la disponibilidad hídrica en sus campos, aprovechando los servicios ecosistémicos, sino también porque se aprovecha el valor añadido en los productos y no tienen que apostarlo todo a la producción. Recuperar la biodiversidad es un valor añadido que los consumidores aprecian y lo hacen cada vez más. 

Pero, de igual modo, se pueden aprovechar otros, como los que suponen los propios cultivos de secano, para lo que SEO/BirdLife también ha comenzado a trabajar con proyecto como Secanos Vivos, en el que se aprovechará todo lo aprendido por Olivares Vivos para incrementar la biodiversidad en cultivos de cereal y viñedos en secano, mejorando la rentabilidad de los agricultores a través de la recuperación de flora, fauna y los servicios ecosistémicos.  

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