Tras las huellas de lince

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Compartir espacio con uno de los felinos más amenazados del planeta es un privilegio, pero también entraña una gran responsabilidad.

Aunque aún conviene ser cautos, el lince parece ir alejándose poco a poco del aciago vórtice de la extinción, que lo amenazaba de muerte en los años 80. Tras varias décadas de programas de conservación, cría en cautividad y campañas de sensibilización, el lince ibérico ha vuelto a recobrar la hegemonía del monte mediterráneo, esa que le corresponder por derecho como el gran felino que acecha tras las sombras de encinas y coscojas.

Sin embargo, la ausencia de conejo de monte (su principal presa), los atropellos y el furtivismo siguen cebándose con el “gran gato” y deslucen los esfuerzos realizados con el apoyo de toda la sociedad.

Para contribuir a divulgar la importancia de su conservación, el día 12 de diciembre se celebra El Día Internacional del Lince Ibérico, el gran felino de iberia que con múltiples hazañas no deja de sorprendernos. Sólo hay que recordar a Kentaro, el lince viajero que fue liberado en los Montes de Toledo y que llegó hasta Galicia recorriendo más de 3.000 km plagados de peligros entre España y Portugal, donde perdió la vida al ser atropellado por un vehículo en una carretera secundaria.

Entre las proezas del lince también está la conquista del olivar, ese cultivo simétrico con sus árboles en hilera que les rodea en muchas zonas de Sierra Morena. Ya hay confirmación de linces criando entre olivos y de vez en cuando, tenemos la suerte de poder contemplar sus pasos grabados en la fina arena del olivar, algo que nos emociona.

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